Lo porvenir

Lo porvenir

Blog POR María García Alonso

La Institución Libre de Enseñanza fue uno de los más poderosos elementos de transformación cultural y educativa de la España anterior a la guerra civil. Fue creado en el siglo XIX para garantizar la libertad de enseñanza de un grupo de profesores universitarios que habían sido encarcelados por defender el darwinismo y oponerse a la censura de los textos y las ideas. Aunque ahora de algún modo se vincula a la defensa de lo público, nació como un centro educativo privado (y como tal elegía quién entraba y quién no, tanto al salón de la casa de Giner como a las aulas de la calle del Obelisco, que era como se llamaba entonces la madrileña calle del General Martínez Campos), pero convendría recordar cómo era gestionado “lo público” en el momento de su creación. Lo privado preservó espacios de creatividad imposibles en un modelo de enseñanza muy jerarquizada, clasista y confesional. En esas épocas de finales del siglo XIX otras instituciones privadas como los ateneos libertarios o las casas del pueblo buscaban también alternativas de educación popular al margen de una enseñanza pública en manos de un Estado confesional. Nuestro tiempo del siglo XXI quizás es otro o al menos debiera serlo.ile

La labor de la ILE fue como la de la piedra arrojada en un estanque, consiguiendo que una inacabable sucesión de ondas llegara hasta la periferia de sus orillas. Sus fines eran ambiciosos; los medios para conseguirlos escasos, aunque suficientes. Bastaba con un puñado de personas que pusieran el énfasis en un nuevo estilo de conocimiento, en la formación de ciudadanos capaces de razonar por sí mismos. Para eso no hacía falta demasiado gasto; sólo una cierta racionalización de los recursos, una preocupación por dotar de dignidad a los lugares donde se llevaba a cabo esa labor, la adecuada dispersión de profesores y maestros que multiplicaban el efecto en ciudades y pueblos y, sobre todo, una gran dosis de respeto hacia la tarea desempeñada y hacia aquellos a los que se dirigía.

De algún modo, la Institución acabó aglutinando a todos aquellos que pensaban que era necesario extender la educación más allá de las élites urbanas y así dar una oportunidad de cambio y progreso a aquellos que nunca la habían tenido. “Necesitamos un pueblo”, diría Giner en 1898 cuando el mundo colonial se desmoronaba. Y para conseguirlo en la Institución podían debatir y consensuar sus ideas los anarquistas, masones, monárquicos, conservadores, socialistas, liberales y comunistas. No era un lugar en el que los pensamientos fueran únicos, sino a menudo discordantes. Pero lo que estaba en juego exigía pactos y alianzas entre distintas opiniones. Exigía, sobre todo, conversación. El intercambio de ideas en libertad permitió a muchos sectores alejados políticamente sentirse cómodos debatiendo puntos de confluencia. Los anarquistas de la Revista blanca le encargaban escritos a Giner de los Ríos, porque veían que “su orientación social, pedagógica y antropológica era libertaria por la moralidad y humanidad de su origen” (Federico Urales), pero tampoco se encontraba a disgusto el joven socialista Julián Besteiro paseando con su maestro por la Sierra de Guadarrama. Relataría años más tarde, según nos cuenta Tereixa Constenla que: “Sin saberlo, íbamos buscando por estos montes, no a la serrana del Arcipreste, sino la nueva España del porvenir”.

Aboriginal school 2

Si algo se echa en falta ahora cuando pensamos en aquellos momentos de hace más de un siglo es ese “pensar el porvenir” de aquellos intelectuales: su enorme capacidad para percibir de forma global dónde estaban los problemas de la ciudadanía, cómo diseñar políticas públicas educativas para paliarlos y cómo sumar a otros para ponerlas en práctica. Porque ¿es que alguien piensa en cómo serán nuestros ciudadanos futuros perdidos como estamos en resolver lo inmediato? ¿Qué quedará dentro de unos años de los rankings de productividad, de los índices de empleabilidad si se estima que la mayor parte de los empleos dentro de veinte años ni siquiera tienen ahora un nombre? ¿Qué sociedad esperamos para nuestras hijas e hijos si lo que les legamos no es un saber ser personas íntegras y valientes, seguras de sí mismas, sino un conjunto de adiestramientos desconectados? Claro que es más fácil echar la vista atrás convirtiendo en mitos momentos del pasado que inventarnos otros nuevos futuros. Siempre se necesitará un pueblo. Queda ahora saber en qué lugares, que todavía no forman parte de la historia, se encuentran esos inventores de mundos que andan tirando piedras a los estanques de lo porvenir.

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